La conversación había sido profusa en cumplidos en uno y otro sentido. Se arriesgó varias veces yendo un poco más lejos de lo que la prudencia le aconsejaba y sin embargo no observó alguna señal de molestia de parte de ella. Se comenzó a preguntar si sería sensato preguntarle.
No pudo mantener su gran boca cerrada y se lo tuvo qué decir… nunca pudo haberse arrepentido tanto de algo como en ese momento. Los ojos de ella, antes dulces y expectantes, eran un par de brazas. Habría preferido que lo abofeteara a recibir aquella mirada.
—Espero que entienda que a partir de este momento mi “usted” no es de respeto, sino de distancia— Ahí estaba su bofetada. Y con creces.
Ella sintió la necesidad de escabullirse, si bien de manera elegante —no podía ser de otro modo— así que, desviando la mirada, dijo:
—Discúlpeme, Profesor, pero me tengo qué ir.
Ahora deseaba que al menos lo viera, así fuera con aquella mirada que lanzaba centellas.
—Sol, no se vaya. Se lo ruego. No así.
—De verdad lo siento, pero no puedo esperar más.
—No quise herirle. Mucho menos, ofenderle. Olvide lo que dije, lo retiro; pero por favor no se aleje. No soportaría estar sin usted. —insistió.
Sol hizo un ademán de levantarse de la mesa pero él le detuvo gentilmente del brazo.
—Al menos dígame que no se alejará. Por favor… por favor… ¡Se lo suplico!
—No me alejaré. Tenemos un proyecto qué concluir —dijo, al tiempo que lo miró fugazmente.
Sol tomó su bolso y con andar decidido se enfiló hacia la puerta. El Profesor quedó sumido en sus cavilaciones maldiciendo su falta de tino para hacer semejante confesión.


































